Cultores/as Tradicionales, Cantoras campesinas
Paula Mariangel Ch.
El trabajo de recolección musical que durante décadas desarrolló Patricia Chavarría en las regiones del Bio Bio y el Maule, le abrió el camino para descubrir a hombres y mujeres campesinos/as, poseedores de una riqueza cultural invaluable. Desde sus primeros acercamientos, motivados por el aprendizaje de técnicas de toquíos, repertorio de tonadas y cuecas, fue surgiendo la imagen de un oficio no reconocido -el de cantora campesina- quien se hacía parte de los momentos colectivos más relevantes del lugar en el que habitaba: faenas agrícolas, velorios, casamientos, devociones y ramadas, contribuyendo al afianzamiento de la “comunidad”.
Los momentos compartidos, las largas conversaciones sostenidas con cada una de ellas le permitió comprender que sus sabidurías excedían lo musical y daban cuenta de concepciones de mundo ancladas en el diálogo con la naturaleza, los ciclos agrícolas, lo sobrenatural. En la medida que su ojo se aguzaba con la experiencias compartidas, fue reconociendo también otros oficios ocultos a la mirada trivial. Así, santiguadoras, rezadoras, parteras, quitadoras/es de empacho, confirmaban la fuerza del saber del pueblo.
Numerosos, entonces, son los oficios y conocimientos que sostienen estas cosmovisiones y que dan vida a modos de ser/hacer tan diversos a la homogeneidad moderna. Numerosos también son sus cultores/as y sabios/as practicantes. Cada uno de ellos representa un saber colectivo heredado de manera oral, que enriquecido con la creación personal lo hace distintivo en su comunidad, a la espera de un/a aprendiz que reproduzca sus cualidades en el tiempo.
La relación del/la cultor/a con su territorio, sus habitantes y su ecosistema lo/a han ubicado hoy en día en un espacio de alta fragilidad. La urbanización exacerbada, la tecnificación de la agricultura, la disminución progresiva de la biodiversidad biológica y cultural entre otras causas, han fracturado las lógicas de reproducción tradicional. El Archivo de Cultura Tradicional asume el desafío de restaurar y difundir el valor de los sistemas de saberes tradicionales y de sus exponentes, respondiendo a la generosidad de cada uno de ellos/as para hablarnos de sus quehaceres, creencias, conocimientos y visiones de mundo, y compartiendo los aprendizajes y las lecciones de vida adquiridas.
La comprensión del oficio del canto campesino por parte de Patricia fue configurándose a lo largo de los años, a partir del vínculo directo y cercano con cultoras de distintos sectores de las regiones del Bio Bio y del Maule. Detrás de cada tonada, vals o cueca, existía una mujer que sabiamente y sin presunción destacaba las cualidades valóricas, técnicas y emocionales que se conjugaban en el canto y la guitarra.
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Zulema Aguayo
En el año 1964 conocí a la señora Zulema Aguayo. Motivada por la idea de buscar cantos y danzas para el trabajo desarrollado con el conjunto folclórico Aucán de Concepción, llegué hasta su casa en la comuna de Penco a entrevistarla. Fue este encuentro una primera lección, pero no sólo de aprendizaje musical. Desde el primer momento me impresionó la tremenda generosidad y afecto que ella manifestaba en la entrega de su saber.
Mujer bajita, acogedora, sobresalía en ella su delicadeza y enorme paciencia para enseñar. Como aún no disponía de medios de grabación, mis visitas a su casa se hicieron cada vez más constantes a lo largo de tres años, hasta que pude arrendar una grabadora de cintas. Así logré registrar su voz, su guitarra y sus testimonios. Heredado de su abuelita, tenía un amplio repertorio de tonadas y cuecas que interpretaba en forma ejemplar en guitarra afinada por común. Recordaba, por ejemplo, cómo practicaba su oficio junto a su hermana:
“…con mi hermana tocábamos las dos guitarra, pero una estaba afinada más ronquita, más baja”.
Al traducir esta enseñanza comprobamos que al estar una guitarra afinada un tono más bajo, se produce al tocarlas una hermosa armonía .
Destacaban en este repertorio antiguas danzas que se bailaban en las fiestas de su lugar - fundo Roa, camino entre Florida y Penco- por los años 40 ó 50: refalosa, chapecao, cuecas valseadas, cueca larga. Fueron muchas las sesiones de trabajo en las cuales me enseñó el canto, la guitarra, y los pasos y coreografías de cada una de ellas. Sin embargo, lo más significativo fue rescatar el sentido, la particular interpretación que hacía en cada danza; interpretación que confirmaba sus cualidades personales de delicadeza y finura, junto a condiciones musicales impresionantes.
Dejé de verla al trasladarme a vivir a Santiago en el año 1967. Regresé a su casa en 1975 pero ya había fallecido. Una dolora noticia. Pude hacer una copia de todo lo grabado y entregársela a su hija, destacando el valor de esta generosa maestra que hasta hoy día nos acompaña con su saber.

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Maximiana Astudillo
“Las tonadas son como declaración de la persona”. Este testimonio escuchado a Maximiana Astudillo, más conocida como la señora Mauchita, en Quirihue, da cuenta de la gran sensibilidad que la caracterizaba: cómo para ella, el canto era un vehículo de expresión de sentimientos.
La conocí en el año 1966. Tenía alrededor de 60 años y aún conservaba su bella voz, a pesar de que hacía casi 40 años que no tomaba una guitarra. Pasaron varios años en que por diversas razones no volví a verla. En los 80’ nos reencontramos y desde esa fecha hasta su fallecimiento, a fines de los años 90, continuamos compartiendo el canto y la guitarra.
En nuestras conversaciones recordaba la época en que el famoso dúo de música chilena “Rey Silva”, quiso integrarla a su canto. Ella era muy joven todavía y el formar parte se este grupo significaba irse de su casa a Santiago, y como su madre estaba enferma, declinó dicha invitación.
El vasto repertorio que interpretaba, especialmente tonadas, lo había aprendido en la ciudad de Cauquenes. Recordaba muchas fiestas y costumbres antiguas, como por ejemplo la celebración de San Juan y los esquinazos con que las cantoras saludaban a este santo, las ruedas de cantoras que se formaban en la cocina después del término de la fiesta de la trilla, los males y pactos con el diablo, en fin; ella era un libro de sorpresas y saberes.
Afortunadamente hoy tenemos el registro de la impresionante cantidad de tonadas que sabía, entre tantos otros conocimientos. Nos queda también muy grabado en nuestros sentimientos su generosidad y entrega al momento de enseñar y por sobre todo su delicadeza, y profundo sentimiento en la interpretación de su canto.

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Rosa Hernández Vega
El sector de Canelillo, a 30 kilómetros de Curanipe hacia la montaña, fue el lugar que acogió a la señora Rosa durante 80 años. Su vida transcurrió entre cerros, recolectando callampas, avellanas y otros frutos silvestres, cuidando a sus 9 hijos y dedicándose a las faenas del campo. La conocí en el año 1979 cuando recorría los campos de la región del Maule en busca del canto y otras expresiones de la cultura tradicional campesina.
Nos habían comentado acerca de ella como una de las buenas cantoras de la zona. Cuando fuimos a conocerla a su casa, no se encontraba allí. Pudimos ubicarla en una era[1] en dónde ya se había cosechado el trigo, recogiendo los rastrojos que habían quedado. A los pocos minutos de iniciada la conversación quiso conocer la guitarra que llevábamos y comenzó a cantar.
De su persona, recuerdo la infinidad de conocimientos que poseía acerca de aspectos muy diversos. Sus habilidades no sólo descansaban en el canto y en la amenización de fiestas, trillas o casamientos, también poseía cualidades como rezadora, quita empachos, santiguadora y partera. De todos estos saberes, lo que mayormente prevalecía en ella era la profunda sabiduría para entender la vida, lo cual se manifestaba además en el don de la palabra. Su forma de narrar y su vocabulario tenían un estilo poético muy particular que dejaban ver a cada instante su comprensión del mundo.
Con el paso de los años nuestra amistad fue cada vez más cercana, hasta convertirnos en comadres luego de aceptar como ahijada su guitarra. Desde ese momento nos comenzamos a llamar “comadres”.
El contacto con la naturaleza y todos sus elementos, su lenguaje, la alegría pese a la adversidad y la pobreza, el respeto por los demás, me fueron entregando enseñanzas que hacen valorar a la señora Rosa como una mujer sabia.
El 8 de marzo del año 2010, pocos días después del terremoto y maremoto, nos dejó físicamente. Sin embargo, ella permanecerá viva como un ejemplo de sabiduría, como un símbolo de un “canto a la vida”.
